martes, 14 de diciembre de 2010

Miguel de la Cruz


Miguel de la Cruz
Nací en Santa Rosa, La Pampa, hace 52 años. Pasé un tiempo de mi infancia en el campo y otro poco más en un pueblo llamado Anguil. Después me fui a Santa Rosa y hasta ahora me he quedado aquí.
He vivido percibiendo más aire que tierra, ya que el cielo, el viento y el polvo están bastante por encima del suelo en la pampa seca; la línea de horizonte es muy baja.
Publiqué un par de libros, pero por ser de tiradas reducidas y de poco alcance a nivel de lectores, se puede decir que soy un escritor inédito.
En breve, Ciprés Ediciones de la ciudad de Córdoba, pondrá a circular mi poemario “Es lo que no sé”. Estoy terrible. También acabo de publicar en este blog.







.El TUCÁN muerto DEL POETA muerto.
Yo te registro
en el cuaderno de las frustraciones de este mundo
pues para eso viniste:
para la inutilidad de nacer

Carlos Drummond de Andrade (1902-1987)
“Elegía a un Tucán muerto” (su último poema, 31 de enero de 1987)




El tucán exhibido en un recreo de la ciudad
le sirve al poeta para sacar una cruel conclusión:
Inútil que el tucán naciera,
mejor hubiera sido que cediera su lugar a un jaulón.

Detrás de una denuncia así
suele estar el fracaso de la poesía,
el poeta purgando en la víctima
todas las veces que quiso leer sus versos a los gritos en la plaza pública,
conciente de que le dieran más bola a un tucán que a sus poemas.
El altar de su cabeza le trae sueños contradictorios.
Unas compañías que él echó de su casa
ahora comparten su memoria,
se han alojado en esa altura exquisita
que él idolatra de su cuerpo,
porque, claro, es con la memoria que enjuicia el olvido,
y ahora estos fantasmas, que vienen de allí, le demandan presencia,
no una decisión a voluntad, sino un tipo de presencia vaga,
hablando en un mar de viento, entre nubes eléctricas,
siendo uno de ellos, que los atienda de punta en blanco
como si no hubiera pasado nada importante ni comprometido
y sólo él se hubiera desubicado por celos de prudencia.

Dónde quedó el tucán, dónde el poeta.
Aquel día que lo vio muerto
y lo imaginó prisionero de la vulgaridad,
todo ese día y los siguientes
tienen menos fondo que el instante
en que el tucán pudo darle al poeta
su perfil de banana pintada en un aro de oro
y continuar girando con otras diversiones
que habían enrejado la ciudad
exhibido vivo
exhibido muerto.

(Del libro inédito “Varios poetas”).



* - * - * - * - * - *


.Poeta suplicante.
a Ana Gadea, por lo que nos contaste anoche

“Pero donde más sufría, era en la memoria.”
Felisberto Hernández


Señor, no hagas que renazca en la India,
echado a la multitud como un adefesio,
arrastrándome con menos huesos que lo normal,
pidiendo por Vos hasta cuando pido limosna:
“Señor Señor una ayudita”.

Cuándo parará mi corazón de vivir en un hilo,
amenazado por catástrofes,
sin tiempo para otros programas
que los espectáculos de muertos.

Todas las profecías son ruinosas,
nos hunden a todos por igual
en la misma sentencia: “Las pagarán por lo que han hecho”.
No me mandes a la India, Señor.
Hay tanta gente allí
que es difícil sentirse de paso,
imaginate: todos tirados en la calle,
prefiriendo la muerte a la vida, podridos del mundo.

Por una vez dejame descansar
de los renacimientos vengativos.
Bastante tengo ya conmigo:
soy tantos, que no me encuentro;
debí perderme en varios idiomas,
atascado en charlatanerías,
mordido por serpientes
en la caca negra del pantano.¡Siempre hablando hacia abajo,
oyendo hacia abajo, callando hacia abajo!

Basta de abismos, dame altura, Señor,
debo llegar a la panadería
donde el Viejo Parra
me ha preparado el pan que anoche le encargué.


Le dejo las monedas. Él no está.


(Del libro inédito “Varios poetas”).


* - * - * - * - * - *


.Saludando al águila.
El día se alarga
y los ruidos duran hasta tarde.
Oírlo todo es rodearse de catástrofes.
Cuando las horas son más luminosas
los monstruos son tan claros
que ocupan el lugar de la gracia.
El deseo baja por la voz
y se enrosca
como una guadaña en el sexo.
Ella empieza a desnudarse de atrás,
retrocede hacia el borde
donde empiezo yo.
Es su cara sagrada,
la fruta que entremusla
repartida en dos para mí.
La huelo alzando el labio por detrás
y al venírseme
ya me doy por entrado a la cama revuelta.
Cómo grita. Me hace sentir enorme.
En las ventanas, no hay frondas,
no cuchichean los pájaros vecinos.
Anidan la velocidad de los polvos,
el velo de la gente a motor.
Todos andan en moto, todos con sus pechos
de mal ganadas medallazas,
los rapas, los hocicos de perro, los chapones,
todos hablan en moto, viven, mueren y renacen en moto,
tienen día para largo, arriba, abajo, ¡motodos!
aceleran y no terminan de pasar
que ya pegan la vuelta
y braman otra vez.
Motos motos.
Prisión de mole fascista, hinchada de barrio,
veo la gramilla que sigue
una grieta de baldosón,
abre un relámpago en la cloaca profunda,
su ruina es mi ensueño,
lo veo ahora con verdor:
más que un galeón hundiéndose,
¡la riqueza al fondo!
El barrio que termina en orinal antiguo,
yo que vuelvo a celebrar la luz,
envuelto otra vez en un verano,
parado en una cresta del derrumbe, saludando al águila.

(Del libro inédito “Saludando al águila”).



* - * - * - * - * - *


.Escrito con tu pluma.
Me estás extrañando
porque te estoy extrañando.
Me recordás
porque te recuerdo.
Nada sin el otro permanece fuera
de estos tenues avisos,
de estos llamados casi imperceptibles
que se reflejan y atraen.
Si uno se inquieta
el otro se mueve de su silla
y cambia de posición:
se levanta y piensa
qué estará extrañando o recordando
la otra parte incompleta
de la otra mitad agitada.
Alguna vez nos extrañamos sin recordarnos.
Ya nunca será al revés.





(Escrito en tinta china con una pluma de flamenco, por Miguel de la Cruz,
firmado con seudónimo, para su amada clandestina. Julio de 1996).




* La foto de Miguel fue tomada por Jimmy Rodríguez (2009).